BLOG

 

La representación de las tortilleras aztecas, tuvo manifiestos desde los primeros tiempos en figurillas de barro, en piedra o en códices, a partir del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, aparecen imágenes en cera, fotografías, litografías, acuarelas, grabados y pinturas.

La tortilla tiene su origen antes del año 500 a.C., desde entonces, la mujer mesoamericana asumió con obediencia y sumisión el papel que le fue asignado por el hombre como madre y esposa, así como responsable del ejercicio tradicional de cuidado-alimento de la familia: siendo el maíz la base de la alimentación de nuestro país, la elaboración de la tortilla ha sido un ritual cotidiano en los hogares mexicanos, en sí una costumbre que mantendría a la mujer muchas de las veces, en el espacio de lo invisible, del abuso, de la discriminación, de la explotación, de la desigualdad,  y de la exclusión. Sin embargo, la asignación de las tareas femeninas en casos específicos, variaba según la sociedad de que se trate, en el caso de la comunidad maya, hubo mujeres que ocuparon destacados cargos políticos y tuvieron una participación activa en el control y la transferencia hereditaria del poder político.

Nuestras tortilleras prehispánicas, tienen un valor mucho más significativo, pues fueron ellas principalmente las encargadas de resguardar y mantener la cultura del maíz a través de la agricultura, la molienda con el metate y el rodillo de piedra, la elaboración de la tortilla palmeadas y su cocimiento sobre el comal, y por consiguiente, el legado para las futuras generaciones, las hijas aprendieron la fabricación y hacían presencia en la alimentación de la familia también, la tortilla ha sido símbolo de nuestra identidad.

La significativa labor de hacer tortilla artesanal de forma individual o compartida, ha transitado por mujeres indígenas, mestizas, campesinas, citadinas, mexicanas o extranjeras, desplazándose al espacio público, podemos encontrar mujeres vendiendo sus tortillas en cualquier esquina o mercado, en ocasiones, las contratadas por algún restaurante a veces, manera informal. De igual manera, la forma de hacer tortillas fue cambiando con el paso del tiempo, de artesanal paso al mecanizado y después a la producción industrial, disminuyendo con esto el trabajo esclavizante de hacer tortillas por parte del género femenino.

 

Pintura de Diego Rivera, Museo Anahuacalli

Notoriamente, la historiografía ha tutelado a las tortilleras bajo el ámbito de lo cotidiano y habitual, negándoles un reconocimiento tanto de sus representaciones como de su verdadero significado. Desde la cultura visual, se buscó la comprensión de sus mensajes visuales y verbales, así como, fundamentalmente la recuperación de ellas mismas como mujeres y su labor simbólica en la realidad mexicana, pues “sin ellas no hay maíz ni país”.

Así en las reformulaciones disciplinarias de finales del siglo XX, se propiciaron nuevas miradas de interacción entre los sujetos sociales y los escenarios políticos, cuestionando cómo algunas problemáticas determinaban performatividades, subjetividades, estrategias de control, violencias, jerarquías, comportamientos, entre otros. La nueva historia del arte que surge en los años setenta y ochenta, busca dar voz a protagonistas, anteriormente marginados del canon del arte, ubicándolos en término de dinámicas de poder y sus implicaciones para la lectura iconográfica y formal de las obras. 

Se propició un nuevo análisis a la historia del arte en cuanto a clase, raza y género, dado que desde la modernidad occidental dominante se percibe la aparición de sujetos subalternos, silenciados y marginados; se basó el estudio en dos objetivos claros, el primero observar las circunstancias de tal vejación cuestionando su naturaleza y el segundo, comprender cómo se organizan estratégicamente tales desigualdades de poder en el sistema económico de globalización neoliberal. 

Por ejemplo, el arte tradicional prefijaba a la mujer como un “objeto de la representación”, donde la mirada activa del artista masculino paralizaba y cosificaba la expresión compleja de las identidades y sus diferencias. Las representaciones costumbristas desde el siglo XIX estaban marcadas por el deseo masculino, construyendo así distintas versiones interpretativas.

Siguiendo fielmente este parámetro, se forjaron en nuestro país, de mano de artistas extranjeros y nacionales, imágenes reconocidas como de tipo popular, en donde se caracteriza la representación de un personaje, cuyos rasgos son perfectamente distinguibles y definen perfectamente a tales individuos, en cuanto a miembros del grupo.

El modelo popular de las tortilleras, representan el oficio, pero también las desigualdades de género y la correspondiente sexualización del poder. A lo largo del siglo XX, continuó la difusión de estas imágenes bajo nuevas perspectivas y objetivos. Durante el período virreinal, las representaciones de las tortilleras se ven reducidas notoriamente al verse alterados los valores religiosos, sociales y culturales, aun así, existe registro de permanencia en el arte popular con la fabricación de figurillas de cera en Puebla y Morelia.

 

Claudio Linati, “Tortilleras” en Costumes Mexicains, 1826. Litografía

Litografía, Las tortilleras de Carl Nebel

 En los inicios del Estado independiente, lleno de estremecimiento social y político, los extranjeros se encargaron de la producción de imágenes, quienes después de la visita de Alexander von Humboldt, fueron llamados a representar el acontecer mexicano con fines naturalistas y científicos. En la producción litográfica y en la identificación de tipos sociales costumbristas, fue la obra de Claudio Linati de 1828. 

Las subsecuentes producciones del siglo XIX, realizadas por extranjeros, tienen cierta afinidad compositiva. Por lo regular, muestran la escena envolvente y dinámica aledaña a la tortillera, por lo tanto, muestra cuatro o cinco personajes y un ambiente descriptivo tanto del espacio habitacional como de las indumentarias indígenas o rurales. La obra de Theubet de Beauchamp (1816), la del francés Jean Frédéric Waldeck y del dibujante Carl Nebel contienen modos particulares en el dibujo y en la técnica, pero algunas características comunes recaen en ser espacios semicerrados, con interacción del exterior de un personaje o por el protagonismo de la naturaleza. El poderío de la tortillera, tema supuestamente central de la representación, compite con alguna figura masculina, dueña de la mirada de la protagonista, quien no deja de estar cargada de una estetización y sexualización muy definida. Estas representaciones nos informan además las categorías sociales, donde la clase con poder adquisitivo se contrapone claramente a las figuras desnudas o en el suelo.